jueves, 24 de enero de 2008

3 de enero de 2008 (1ª parte)


Comenzamos este que será nuestro último día dirigiéndonos a Yad Vashem para ver todo lo que nos faltó en nuestra visita anterior. Llegamos después de tragarnos un buen atasco debido a unas obras y rápidamente nos metemos en el museo para ver bien el final del mismo. A continuación entramos en el Salón de los Nombres. Se trata de una gran cúpula en la que podemos ver reproduciones de fichas con los nombres, datos y fotos de las víctimas de la Shoá. Rodeándonos hay una enorme estantería con archivadores para estas fichas. Hay millones de ellas y un gran hueco para aquellos que fueron asesinados y aún no podemos ponerles nombre y cara. Precisamente este es el objetivo prioritario de Yad Vashem: rellenar ese hueco en la estantería, en la historia, en todos nosotros. Poner nombre a TODAS las víctimas para honrar su memoria y para que no quepa ninguna duda sobre la culpabilidad de sus verdugos.
Cuando salimos de la zona del museo y tras contemplar una preciosa vista panorámica nos dirigimos a la plaza de la Esperanza donde visitamos la Sinagoga, el Museo de Arte del Holocausto y el pabellón de Exhibiciones Temporales (dedicado actualmente a las mujeres). Subiendo unas escaleras llegamos al Salón del Recuerdo, en el que una llama arde constantemente sobre unas lápidas con los nombres de todos los Campos de la Muerte en memoria de los allí asesinados. Desde allí continuamos nuestro camino pasando junto al Pilar del Heroísmo hasta llegar al Memorial de los niños. Posiblemente este sea el lugar más emotivo y a la vez espeluznante de todo Yad Vashem. No ves nada en él. Simplemente entras en una cúpula totalmente oscura salvo por las débiles luces de un sin fin de velitas y oyes una voz que va recitando el nombre, edad y lugar de nacimiento de cada uno del millón y medio de niños asesinados durante la Shoá. Se te hace un nudo en la garganta, los ojos se e llenan de lágrimas y el corazón .... el corazón pide a gritos venganza y que nunca permitamos que algo así sea olvidado o, lo que es peor, menospreciado. Estaríamos volviendo a matar a todos y cada uno de esos niños.
Nada más salir nos encontramos un monumento en honor de Janusz Korzak, el que prefirió morir con los niños de su hospicio pudiendo haberse salvado.
Desde allí caminamos un buen trecho hasta llegar al Memorial de los Deportados que con un vagón de uno de los trenes de la muerte recuerda a todos lo que en ellos sufrieron, el Valle de las Comunidades que recuerda a todas aquellas comunidades (aldeas, barrios, ...) que fueron TOTALMENTE exterminadas. A continuación nos levantamos el ánimo contemplando el Panorama de los Partisanos, con el árbol cuyas hojas están formadas por los cuerpos que lucharon bajo su camuflaje, y el monumento a los Combatienes Judíos representado por una enorme Estrella de David atravesada por una espada.
Poco a poco encaminamos nuestros pasos hacia la salida, con el ánimo sobrecogido pero a la vez optimistas porque estamos seguros que algo así nunca volverá a pasar. Para eso está Yad Vashem, para eso está el Estado de Israel, para eso estamos muchos que haremos lo que sea para impedirlo.

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